¡Oh, Libertad! ¿Por qué necesita tu culto de tantos sacrificios?




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Pensamiento y acción en Egipto

 

En el antiguo Egipto, cuya civilización es sinónimo de poderío despótico y supremo, dado que estaba encarnado, no en un delegado de los dioses, como en los otros lugares, sino en el Faraón, que era considerado como un dios, él mismo, en unos ataúdes (cuya enumeración hecha, por los egiptólogos es: B3C, Versos 570-T6; B6C, Versos 503-11; B1BO, Versos 618-22, citados por Braested en Dawn of Conscience, pág. 221), que datan de unos 2,000 años antes de nuestra era, se escribieron estos versos, poniendo en boca del dios supremo lo siguiente:

 

“Te relato las cuatro buenas acciones hechas por mi propio corazón…

Para acallar el mal

hice cuatro cosas buenas

en el vestíbulo del horizonte.

Hice los cuatro vientos

para que todo hombre pueda respirar

como todo el prójimo de su tiempo.

Esta es la primera de las acciones.

Hice la gran inundación para que el pobre

tenga derechos sobre ella

lo mismo que el poderoso.

Esta es la segunda de las acciones.

Hice a cada hombre igual a su prójimo.

No les mandé que hicieran el mal,

sino que fueron sus corazones los que violaron lo que yo dije.

Esta es la tercera de las acciones.

Hice que sus corazones dejasen de olvidar el Oeste,

para que puedan ser hechas las divinas

ofrendas a los dioses de las provincias.

Esta es la cuarta de las acciones”.

 

Esencias anarquistas en el antiguo Egipto

 

En los dos primeros pasajes del texto se expresa que el viento y el agua están al alcance de todos los hombres, sea cual fuere su posición social. Esto, en un territorio en donde, la prosperidad dependía del hecho de tener asegu­rada una participación adecuada en las aguas de la inundación y en el cual el control de las aguas debe haber sido un poderoso factor para colocar a un hombre como dominador de los otros, la garantía de un acceso equitativo al agua significaba una oportunidad igual para todos los miembros de la colectividad que estaba bajo los auspicios del dios, lo que implica una idea ya muy elevada y elaborada de la justicia.

 

La expresión “Hice a cada hombre semejante a su prójimo” -lo que equi­vale a decir que todos los hombres son iguales-, es paralela a la insistencia del dios en que su intención no ha sido la de que obren mal, sino que sus propias ambiciones los han llevado a las malas acciones. Esta equiparación entre la igualdad y las males acciones establece que la desigualdad social no forma parte de los designios del dios, sino que es el hombre quien debe cargar solo con esa responsabilidad. Se trata, claramente, de la afirmación de que la sociedad ideal y justa debiera ser igualitaria por completo.

 

Y en la expresión “Hice que sus corazones dejasen de olvidar el Oeste, para que puedan ser hechas las ofrendas a los dioses de las provincias”, con­dena el nacionalismo y regionalismo para establecer como un designio de los dioses el que en todo lugar se tenga el mismo derecho y la misma liber­tad de pensar. Sobre todo si se tiene en cuenta que en la época en que esas leyendas se escribieron se intentaba imponer un absolutismo religioso extremado. Quiere decir que el universalismo que el dios aconseja establecer es otro de los postulados o base del anarquismo moderno.

 

El poeta que escribió esos versos, al atribuirle al supremo dios esas acciones anárquicas era porque personificaba en ese dios supremo el máximo ideal de la justicia, tan impregnado entonces de esencias anárquicas como el anarquismo kropotkiniano o malatestiano. ¿Y acaso eso no puede represen­tar como una sublimación válida de las aspiraciones más elevadas de la épo­ca? ¿No pudo haber una corriente de pensamiento -esos versos dicen mu­cho en o favor de esta opinión- contraria al régimen imperante que tuviera esos ideales como una aspiración suprema? Cuando hayan pasado 3,500 años a partir de hoy, cuando nuestros semejantes hagan historia, tal vez sea muy difícil encontrar testimonios de la presencia del anarquismo militante en las civilizaciones actuales, impregnadas todas ellas de barbarismo autoritario, despotismo económico e idiotez religiosa.

 

Y en la mitología griega, la hermosa leyenda de Prometeo, medio hom­bre y medio dios, que considerando injusta la posesión de la Sabiduría en manos de los dioses en detrimento de los hombres, creyendo que éstos son tan dignos de poseer ese fuego como aquéllos, roba parte del mismo a los dioses que lo usufructuaban exclusivamente y hace partícipe a los humanos de aquel fuego del que carecieron hasta aquel momento.

 

Toda la esencia de la leyenda prometeica es anárquica

 

Aunque la leyenda de Prometeo no sea más que una invención de la fan­tasía mitológica de los griegos primitivos, toda su esencia es igualitaria y de ayuda mutua. Y en este caso, la idea de igualdad adquiere grados que tal vez no adquirió hasta entonces. Pues considerar a todos los hombres iguales entre sí cuando el determinismo propio de la historia lo requirió por las interrela­ciones que los humanos hubieron de establecer, fue una lógica que no reque­ría aún el grado de elaboración ideológica de la idea de igualdad que hubo de menester el considerar al hombre igual a los dioses o, cuando menos, con los mismos derechos que los dioses, a quienes, como es natural, hubo de considerárseles como el máximo del poder y de la perfección.

 

 

 

DATOS HISTÓRICOS

 

 

La primera huelga de la historia

 

Y no son los ejemplos que hemos citado los únicos que podríamos aportar. Desde que se lograron interpretar las escrituras egipcias se van descubriendo pensamientos y hechos que atestiguan que no todo era sumisión y despo­tismo cómodamente ejercido y voluntariamente aceptado. La primera huelga de que se tiene noticia en todo el transcurrir de la historia estalló en Egipto alre­dedor del año 1170 antes de nuestra era, hace más de tres mil años. El hecho sucedió así, según explica John A. Wilson en la página 390 y siguientes del libro La cultura egipcia, editado por el Fondo de Cultura Económica, de México:

 

«“Los trabajadores del gobierno que construían y conservaban las tumbas del occidente de Tebas se organizaron en dos bandos bajo la inmediata auto­ridad de tres interventores, que eran los capataces de los dos bandos, y el escriba de la Necrópolis. Sobre los tres estaba el alcalde de Tebas Occidental; responsable ante el visir del Alto Egipto. Los bandos, con sus familias, fueron alojados en la necrópolis y, en cuatro bandos o cuadrillas, en recintos mura­dos, vigilados por porteros y policías. Además de los verdaderos obreros de las tumbas, había individuos dedicados a hacer yeso, cortar madera, cons­truir casas, lavar la ropa, cultivar hortalizas, llevar pescado y transportar agua. Todos los trabajadores recibían una cantidad mensual de grano y otros insu­mas como salario”.

 

“Al empezar la inflación en los últimos años de Ramsés III, el sistema de trabajo se desconcertó a causa de los retrasos del gobierno en pagar a los obreros. Un papiro de Turín nos da algunas notas sueltas sobre una huelga de trabajadores ocurrida en un año que no debió ser lejano del 1170 antes de nuestra era. Durante los meses calurosos de verano, el único indicio de la próxima perturbación consistió en el aumento del número de individuos que ha­cían servicios para los obreros de la necrópolis: veinticuatro aguadores en vez de los seis que había antes, veinte pescadores en lugar de cuatro, dos confi­teros, cuando antes no había ninguno, y así sucesivamente. Quizá la lentitud en la llegada de las raciones del gobierno a través del río hizo necesario el aumento de los servicios locales, para tener a los trabajadores medianamen­te contentos. Si fue así, la medida no logró evitar la perturbación”.

 

“En el otoño, la inundación bajó, y los campos cenagosos crepitaban bajo las primeras promesas de la abundancia; pero los obreros de la necró­polis estaban flacos y hambrientos. No habían recibido la paga en grano del mes que corresponde grosso modo a nuestro mes de octubre. Hacia mediados de noviembre llevaban dos meses de atraso en sus salarios, y las privaciones los empujaron a una protesta organizada, la primera huelga de que tenemos noticia en la historia”.

 

Rebeldía en los trabajadores del antiguo Egipto

 

“Año 29, segundo mes de la segunda estación, día 10. Este día el bando cruzó las cinco paredes de la necrópolis gritando: «¡Tenemos hambre!», y se sentaron a espaldas del templo de Tut-mosis III, en el límite de los campos cultivados. Los tres interventores y sus ayudantes fueron a instarles que vol­viesen al recinto de la necrópolis, e hicieron grandes promesas… «¡Podéis venir, porque tenemos la promesa del Faraón!». Sin embargo, no era bastante una promesa en nombre del rey, pues los huelguistas pasaron el día acam­pados detrás del templo, y no volvieron a sus habitaciones de la necrópolis hasta que se hizo de noche”.

 

“Volvieron a salir el segundo día, y en el tercero se atrevieron a invadir el Rameseum, recinto sagrado que rodeaba el templo funerario de Ramsés II. Precipitadamente huyeron los contadores, los porteros y los policías. Un jefe de éstos prometió enviar por el alcalde de Tebas, que, discretamente, no se había dejado ver. La turbamulta estaba resuelta, pero en orden, y la invasión del recinto sagrado parece que fue más eficaz que la actitud anterior. Los fun­cionarios dieron oídos a su protesta: «Hemos llegado a este lugar por causa del hambre y de la sed, por la falta de ropas, de pescado, de hortalizas. Es­cribídselo al Faraón y escribídselo al Visir. ¡Haced de modo que podamos vivir!». El tesoro real se abrió, y se les entregaron las raciones del mes anterior”.

 

“Los trabajadores se ablandaron un tanto con la paga, pero la dura ex­periencia les había decidido a no contentarse con una satisfacción parcial: pi­dieron también la paga del mes corriente. Al día siguiente se reunieron en la fortaleza de la necrópolis, que debía ser el cuartel general de los policías. Montumosis, jefe de la policía, reconoció la justicia de sus demandas, pero les rogó que guardasen orden: «Mirad, os doy mi respuesta: Subid (a vuestras ca­sas) y recoged vuestros utensilios y cerrad las puertas y traed a vuestras mu­jeres e hijos. Y yo iré al frente de vosotros al templo de (Tut-mosis III) y os permitiré estar allí hasta mañana». Por último, al octavo día de huelga, les fueron entregadas las raciones del mes.

 

“Dos semanas más tarde, al no recibir la paga del día primero del nuevo mes volvieron a salir. Sus demandas envolvían ahora la amenaza velada con­tra los interventores de que estaban engañando al Faraón: «No nos iremos. Decid a vuestros superiores, cuando están con sus acompañantes, de que cier­tamente no hemos cruzado (las paredes) a causa del hambre (solamente, sino que) tenemos que hacer una acusación importante porque ciertamente se están cometiendo crímenes en este lugar del Faraón». No conocemos el resul­tado de la acusación, pero el desorden continuó. Dos meses después, el Visir estaba en Tebas por asuntos oficiales, pero tuvo buen cuidado de no pasar el río y presentarse a los huelguistas. En vez de esto, envió a un oficial de la policía con suaves promesas para los tres interventores de la necrópolis: «Cuan­do haga falta algo, no dejaré de traéroslo. Ahora bien, acerca de lo que decís: ¡No lleves nuestras raciones! ¡Cómo! ¡Yo soy el Visir que da y no quita… Si ocurriese que no hubiera nada en el granero mismo, os daré lo que pueda encontrar»”.

 

“Once días después, el bando volvió a cruzar las murallas gritando: «¡Te­nemos hambre!» Cuando estaban acampados detrás del templo de Mer-ne-­ptah, acertó a pasar por allí el Alcalde de Tebas, y le gritaron. El prometió aliviarlos: «Mirad, os daré estos cincuenta sacos de grano para que viváis hasta que el Faraón os dé vuestras raciones»”».

 

Según John A. Wilson dice, esta situación continuó después durante un periodo, cuando menos, de cuatro años, ya que cuatro años después a la fecha a que se refiere lo narrado anteriormente se encuentran referencias de un es­criba que dice que los trabajadores estuvieron ociosos muchos días y que la paga de las raciones-salario llevaban un retraso de más de noventa días.

 

La historia del campesino elocuente

 

Este hecho, muy poco conocido y altamente significativo en apoyo de nuestra tesis sobre el sentimiento de justicia e igualdad presentes siempre en la humanidad, aun en los momentos más negros de su historia, no es único. Muy anterior a él, se cita también el acontecido con el campesino que acude a las autoridades en demanda de justicia y demuestra tal elocuencia alegan­do en favor de sus derechos que el gobernador que oye sus quejas, intencionadamente, no da solución alguna a sus problemas para incitarle a que ex­ponga de la manera más amplia sus razonamientos, que siguen durante seis sesiones, a una diaria. Este hecho se conoce en la egiptología como la “His­toria del campesino elocuente”. Y la elocuencia del campesino está llena de conceptos de justicia en el sentido en que la interpreta el anarquismo moderno.

 

Además, conforme se han ido descifrando las inscripciones de ataúdes y cámaras mortuorias se han encontrado testamentos en los cuales los viejos que morían aconsejaban a sus descendientes normas de conducta impregna­das de un alto concepto de la igualdad y la justicia en el sentido en que las interpretamos nosotros.

 

 

En la Mesopotamia

 

Incluso en el pensamiento mesopotámico, tal vez el más oligárquico e inclinado al reconocimiento de la autoridad y la obediencia, hay destellos de inconformidad y de reconocimiento de la igualdad esencial entre todos los hombres. La tiranía del espacio nos impide citar más ejemplos, pero solamente con estudiar el código de Hammurabi, tan conocido, se pueden encontrar tes­timonios de lo que decimos.

 

Y como prueba copiamos el comienzo del Código, que dice así: “Cuando Anú, el padre de los dioses, y Belo, el dios de los cielos y la tierra, confiaron a MarduK, el primogénito de Ea, el patrocinio de Babilonia, haciéndola famosa hasta los más lejanos confines de la tierra, ya me predestinaron a mí, Ham­murabi, para ser gobernante, para hacer justicia sobre este país, para defen­der el débil de la opresión del poderoso, y reinar sobre las Cabezas Negras, como Shama, que ilumina la tierra y produce el bienestar de todas las gentes”.

 

Cuando Hammurabi pretende que su gobierno se base en la defensa del débil contra el poderoso y en proporcionar, como ciertos dioses, el bienestar de todas las gentes, ha de haber en el legislador, que casi siempre legisla con arreglo al pensamiento de la época, un concepto de la justicia muy cero cano, en sus esencias, al concepto de la justicia que tenemos nosotros.

 

 

En el antiguo pensamiento chino

 

En el antiguo pensamiento chino hay tal saturación de esos conceptos de igualdad y ayuda mutua y hasta de ausencia total de gobierno, que el mismo Lin Yutang, en la página 152 del libro Sabiduría china, editado en México, dice al hablar de Confucio:

 

Sentimientos anárquicos en el antiguo pensamiento chino

 

“Yo caracterizaría las ideas confucianistas, en su parte política, como anarquismo estricto, en que la cultura del pueblo, haciendo el gobierno innece­sario, se transforma en un ideal. Si se pregunta por qué los moradores de Chinatown, en Nueva York, no han tenido nunca necesidad de policía, la respuesta es: el confucianismo. Nunca existió policía en China durante cuatro mil años. El pueblo había aprendido a regular sus vidas socialmente, y a no confiar en la ley. La leyera el refugio de los pícaros”.

 

Y Víctor García dice en un extenso estudio sobre las ideas anarquistas en la China:

 

«“Lao Tsé -Viejo Maestro- se ha trazado desde el primer momento en que lanzó su mensaje al mundo una trayectoria antiestatal sin desvíos ni torcedu­ras. Arthur Waley, una de las autoridades más significativas de la sinología, no titubea en darle investidura libertaria en su libro Three ways of throught in Ancient China, y a lo mismo nos lleva Will Durant en su obra La civilización del Extremo Oriente. L. Carrington Goodrich emplea todas las letras para que no haya lugar a dudas, y en su excelente estudio La historia del pueblo chino dice textualmente: «el anarquista Lao Tsé…»”.

 

“Es precisamente en la presencia del pensamiento de Lao Tsé que tendre­mos que reconocer las mejores afirmaciones del pensamiento libertario en Chi­na, y será gracias a su impacto que la filosofía conformista de Confucio se verá contrarrestada a través de todos los tiempos, y mientras Confucio irá ubi­cando su filosofía en el seno de los cortesanos, los oficiales mandatarios y en las altas esferas en general, Lao Tsé irá abriéndose camino en el seno de las masas humildes chinas”.

 

“Si de Lao Tsé nos ha alcanzado algo de su rocío benefactor, ello obe­dece a dos hechos en los que Lao Tsé no ha sido parte determinante. El primero ha sido la corriente religiosa conocida con el nombre de Taoísmo, calificativo que fueron a buscar en la entraña del pensamiento laotseyano, y, también, en la prosa cáustica y dicharachera en un discípulo del “Viejo Maes­tro” conocido por todas las capas sociales del Chung Kuo debido a la gracia y profundidad, a la vez, de sus escritos. Hago referencia a Chuang Tsé, al que obligadamente tendremos que dedicarle capítulo aparte”.

 

“De Lao Tsé propiamente, la única obra que se puede estimar suya y que ha trascendido hasta nuestros días es el Tao te Ching (El libro del camino y de la virtud), y el cual ha ido viéndose deformado por la presencia de traduttori-tradittori que no han titubeado en desvirtuar el pensamiento anarquista de este gran filósofo. Los escasos medios financieros de los libertarios, en parte, la abulia y poca estima a cuanto se aparta de nuestros clásicos con­sagrados, mantiene aún inédita una obra de T. Yamaga que ha vertido al Esperanto y qué tiene el significativo título de La Maljuna Mastro (el viejo maestro). Esta obrita de Yamaga encarrila una gran parte del pensamiento laotseyano del que los occidentales podríamos conseguir luces nuevas y atrayentes. (Cabe señalar que después de escrito lo anterior por Víctor García, el Grupo Tierra y Libertad, de México, editó la traducción de Taiji Yamaga, vertida del esperanto al castellano por E. Vivancos.)”.

 

“Lo que de él ha llegado hasta nosotros, y que corrobora este entusias­mo nuestro en su pensamiento antiestatal, es importante a pesar de haber sido minimizado. El pasaje que pone de realce Liu Wu Chi guarda un interés señalado: «Gobierna un gran país de la misma manera que freirías un pes­cadillo», dice Lao Tsé. El significado de esta críptica sentencia, bien que enig­mático a primera vista no es difícil de ser explicado. Para freír un pescadillo se precisa poco tiempo y poca destreza. De igual manera, gobernar un gran país será igualmente fácil y simple si el gobernante deja que el pueblo se las arregle por sí solo de manera que todos puedan vivir en paz y felices sin ser molestados por el gobierno”.

 

“Arthur Waley, el que mejor ha profundizado los arcanos de la filosofía china, cita un diálogo que Tsui Chu tiene con el Viejo Maestro: «Dices que no debe haber gobierno. Pero, si no hay gobierno, ¿cómo pueden perfeccionarse los hombres?». «Lo último que tú debes hacer es inmiscuirte en el co­razón de los hombres -dice Lao Tsé-. El corazón humano es como un resorte: si tú lo aprietas hacia abajo, cuando lo sueltes saltará más arriba. Puede tener el ardor de una gran hoguera o la frigidez de un témpano de hielo…». Cabe añadir que el propio Waley le da beligerancia anarquista a Lao Tsé: «La doctrina de no-gobierno, del principio de éste y otros pasajes similares en los libros toistas -se refiere, sin duda, a los escritos de Chuang Tsé, prin­cipalmente- ha sido comparada a menudo con el anarquismo moderno»”.

 

El anarquista Lao Tsé

 

“El anarquismo de Lao Tsé no se limita a la fase política, y esto es nece­sario ponerlo de relieve porque se podría señalar que se trata de mera coin­cidencia. El anarquismo va más allá de un régimen social y entraña la liber­tad, en todas las actividades humanas”.

 

“Es lo que hace Lao Tsé: expresarse en anarquista en la mayoría y en cada una de sus actitudes. Así, por ejemplo, mientras Confucio reclama, in­siste, en que la maldad sea retribuida con la justicia y el bien con el bien, Lao Tsé le toma la delantera a Jesús y achica el sermón de la montaña cuando dice: «Si tú no peleas nadie en la tierra será capaz de pelear contigo... Recompensa el daño con la bondad. Para los que son buenos, soy bueno; así todos llegan a ser buenos. Para los que son sinceros, soy sincero, y para los que no lo sean, también lo soy, así todos llegan a ser sinceros. La cosa más blanda choca con la más dura y la vence. Nada hay en el mundo más débil y más blando que el agua, y, sin embargo, para atacar las cosas que son firmes y fuertes no hay nada que pueda más que el agua. La hembra siempre vence al varón con su quietud»”.

 

“Sabemos la capacidad devastadora del marxismo en lo que a borrar pensamientos y teorías no marxistas se refiere. Hay que temer la «depuración» de Lao Tsé, Mo Ti, Chuang Tsé y todos los pensadores antiestatales, que sufrirán por los exégetas de Mao Tsé Tung. Hay que esperanzar también en que el día que intrépidamente se pueda sumergir uno en la biblioteca del Congreso de tos Estados Unidos, donde se guardan manuscritos del Chung Kuo, nuevas luces se descubrirán sobre el pensamiento laotseyano que permitirán fortalecer aún más el origen libertario del pensamiento del Viejo Maestro”.

 

“De momento, además de lo salvado en el Tao Te Ching y de los escritos de Chuang Tsé -añádese- además lo referente a Mo Ti, que sólo ha sido «des­cubierto» en 1921, queda patente algo con valor de prueba cumbre: el sen­tir y el obrar del pueblo chino a través de todas sus treinta y seis dinastías, donde se perfila siempre la presencia del pensar y sentir loatseyano”».

 

Y Angel J. Cappelletti, profesor de filosofía en la Universidad de Cara­cas (Venezuela), dice en el libro aún inédito (1982) Prehistoria del anarquismo:

 

“Así, pues, para Lao Tsé y el Tao-teh King (Víctor García y Cappelletti es­criben este título de diferente forma), la sociedad no se origina, como supo­nían en la antigua China (mucho antes de Hobbes y de Rousseau) Meng-tsé y Mo-tsé, en un pacto o contrato que pone fin al originario estado de las indi­vidualidades soberanas y aisladas, sino que es un producto natural. En esto, su doctrina se asemeja a la de Aristóteles, pero tal semejanza no sirve sino para oponerlo más radicalmente al mismo. En efecto, para el Estagirita, la so­ciedad natural (tan natural en el hombre como el lenguaje articulado), culmina en el Estado, sociedad política y esencialmente jerárquica, que resulta así jus­tificada en sus mismas raíces. Para el taoísmo, en cambio, el Estado parece ser siempre fruto de una aberración, esto es, de una cierta corrupción del Tao y de la naturaleza, por la cual se instituyen leyes, gobernantes, jueces, vio­lencia, jerarquías, guerra. La sociedad ideal, esto es, la sociedad natural, viene a ser así la sociedad sin Estado”.

 

Sería interesantísimo podernos detener un poco más sobre el antiguo pen­samiento chino, tal vez uno de los más impregnados de esos grandes princi­pios de igualdad y ayuda mutua, muy en contra de la opinión general que se tiene de que la antigua China podía considerarse como la expresión ge­nuina de la diferenciación de clases y el despotismo político.

 

 
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