Teologia de la cruz




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Figuras de la cruz en el Antiguo Testamento, según Aurelio Prudencio


por José Luis Moreno


Dentro de la literatura de controversia antijudía, que se desarrolla en la Iglesia primitiva, un tema cobra relieve singular: la justificación de la cruz. Su dificultad había sido ya resaltada por Pablo al calificar a Cristo crucificado como «escandalo para los judíos y necedad para los griegos» (1 Cor 1,23). Interesaba, pues, a los apologistas cristianos mostrar que la cruz no era una contradicción en la economía de la Salva­ción, sino justamente el cumplimiento de las profecías anunciadas en el Antiguo Tes­tamento. Así, en un punto central del cristianismo se probaba la armonía de ambos Testamentos, descubriendo que el Viejo prefiguraba lo que en el Nuevo se desvelaba.

El tema ha merecido la atención de los estudiosos, que han investigado las prefi­guraciones o tipología de la cruz en el A.T. en diversos escritores de la primitiva Igle­sia.1 Nuestro trabajo aborda el tema en el poeta español Aurelio Prudencio. Aunque monografías sobre Prudencio hacen alusiones a esta temática, 2 no nos consta que se haya investigado sistemáticamente. El estudio puede contribuir a conocer en qué medida se extendieron y penetraron en la población cristiana los «tópicos» catequéti­cos desarrollados por los primeros teólogos cristianos.

1. La cruz, prefigurada en el Antiguo Testamento

La idea de que Cristo esta prefigurado en el Antiguo Testamento es tan familiar a Prudencio, que le lleva a decir que el sujeto de las teofanías veterotestamentarias es Cristo. La expresa sobre todo en los versos 1-177 de la Apotheosis, que van dirigi­dos contra los patripasianos: el Padre es invisible, pero se manifiesta mediante el Hijo:

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1. Cfr. J. Daniélou: Théologie du judéo-christianisme, Tournai 1958, esp. págs. 257-315; G. Q. Rejiners: The Terminology of the Holy Cross in Early Christian Literatur, Nijimegen 1965; D. Ramos-Lisson: La tipología soteriológica de la «Tau» en los Padres latinos, en «Scripta Theologica» 10 (1978) págs. 225-234; G. T. Armstrong: The Cross in the Oid Testament according to Athanasius, Cyril of Jerusalem and the Cappadocian Fathers, en Theologia crucis-Signum crucis. Festschr. E. Dunkler, Tübingen 1979, págs. 17-38; M. Fédou: La visión de la Croix dans I'oeuvre Justin philosophe et martyr, en «Recherches Augus­tiniennes» 19 (1984) págs. 29-110; A. Viciano: Cristo Salvador y Liberador del hombre. Estudio sobre la Soteriología de Tertuliano, Pamplona 1986, págs. 169-190; A. Orbe: Teología de San Ireneo, ll, Madrid 1987, págs. 168-194; Id. Introducción a la teología de los siglos II y Ill, Salamanca 1988, págs. 740-768.

2. Cfr. Re. Palia: L’interpretaziones figurate nelle opere di Prudenzio, en «Scuo1a Cattolica» 106 (1978) págs. 143-168, esp. págs. 151-153; L. Padovese: La cristología du Aurelio Clemente Prudenzio, Roma 1980, págs. 83-85; J. L. Charlet: Prudence et la Bible, en «Recherches Augustiniennes» 18 (1983) págs. 3-149 (esp, págs. 128 y 144).


en la aparición en Mambré, en la lucha con Jacob, en la revelación a Moisés, en el horno junto a los tres jóvenes. Así las teofanías constituían un adelanto de la futura venida de Cristo y preparaban gradualmente al hombre a adaptarse a la encarna­ción.3 Con esta fórmula -no inventada por Prudencio, sino recogida de autores como Justino, Ireneo y Tertuliano- 4 encuentra nuestro autor argumento, por una parte, para defenderse de la herejía que afirmaba que fue el Padre quien padeció; y por otra, para probar ante los judíos el cumplimiento de las Escrituras en Cristo.

Además de las teofanías, las principales instituciones judaicas son ya anticipo de Cristo: la ley promulgada por Moisés (A 330ss); la Pascua, que prefigura la Pasión (A 348-363); el templo de Salomón, sustituido por el Templo indestructible que es Cristo (A 518-537). El resumen es esta bella y piadosa confesión del poeta: «La Ley estaba en su seno preñada de Cristo e iba a dar a luz a mi esperanza» (A 3 71 s).

Pero no solo está Cristo prefigurado de una manera genérica: también lo está su cruz. Así lo canta, poniendo en boca del mártir San Román estas encendidas expresiones:

«Esta cruz de Cristo que llamáis nueva, desde que nació el mundo y fue creado el hombre fue manifestada en signos y anunciada en escritos; su llegada fue predicha en miles de prodigios por la voz unánime de los profetas.

Reyes, profetas, jueces y príncipes no cesaron de pintar la figura de la cruz con su valor, en las guerras, en los cultos sagrados, con la pluma. La cruz ha sido prefigurada; la cruz ha sido bosquejada de antemano; de la cruz se impregnaron los antiguos siglos.

Descubierto, al fin, el sentido de las palabras proféticas, su antigüedad pro­bada brilló en nuestro tiempo ante todos con presencia visible para que la verdad no vacilase en una fe insegura, si no se manifestaba inmediatamente bajo el testimonio de nuestros ojos» (P, X, 621-635).

Estas afirmaciones se enmarcan en la respuesta que da el mártir a la objeción del juez de que el cristianismo es una creencia reciente y que Cristo, muerto en una cruz, no tiene antigüedad. Cristo -arguye el mártir Román- es eterno como el Padre y tras su muerte, vive para siempre. De igual manera su cruz estaba anunciada desde antiguo y pervive su eficacia en la cruz de los mártires: «aquella cruz es nuestra cruz» (P, X, 641).

Desde nuestra perspectiva interesa resaltar varios puntos en este canto a la cruz:

- La idea prudenciana de la omnipresencia de la cruz en el Antiguo Testamento: comenzando por el Génesis y continuando con los Patriarcas y guías del pueblo (en la palabra «príncipes» parece que hay que incluirlos), los profetas, los reyes y los jueces. Tendremos ocasión de comprobar algunos ejemplos.

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3. Cfr. A 53-54; 160-163. Para citar las obras de Prudencio emplearemos las siguientes abreviaturas: A = Apotheosis; C= Cathemerinon; D = Dittochateura; H = Hamartigenia; P = Peristephanon; Ps = Psy­chomachia; S= Conta Synmachum.

4. Para Justino e Ireneo, vid. J. Daniélou: Histoire des doctrines chrétiennes avant Nicée. fi: Message évangelique et culture hellenistique aux lle et Ille siécle, Tournai 1961, págs. 185-216. Tertuliano, por ejemplo en «Adversus Prasean», 16, resumiendo, dirá que «todo el orden de la economía divina desde el principio se ha desarrollado por medio del Hijo».


- Esa presencia se expresa en hechos y palabras proféticas.

- El vocabulario es sugerente en orden a la tipología: «praeanunciatus», «pin­gere formam crucis», «praenotata», «adumbrata prius».

- Sin embargo en la economía del A.T. la cruz, aunque ya prefigurada, esta toda­vía velada y necesita que la presencia visible de la encarnación de Cristo descorra el velo para descubrir el sentido de los anuncios. O, como dice en otro lugar, «los escritos de los profetas han sido demostrados por el testimonio de la cruz» (A 219). O sea, la figura queda aclarada por la realidad, el tipo por el antitipo.

2. Figuras de la cruz en el Antiguo Testamento

Analizada la prefiguración general de la cruz en el A.T., examinemos otros textos donde Prudencio comenta las figuras concretas de la cruz o simplemente las utiliza o alude a ellas como categorías admitidas. No son muchos, pero sí suficientes para comprobar por donde discurre el pensamiento del poeta cristiano de Calahorra y a través de él ver también la teología y la expresión catequética de su ambiente. Segui­remos el orden cronológico del desarrollo de la Historia de la Salvación.

2.1. la zarza ardiente de Moisés (cfr. Ex 3,2)

La prefiguración de la cruz en la zarza ardiente aparece de manera velada en un texto denso:

«Se vio alzar una llama que quemaba la zarza espinosa. Era Dios que volaba sobre las espinas punzantes y agitaba como fuego inocuo el nocivo follaje, para que fuese ejemplo de cómo Dios había de bajar a nuestros miembros espinosos tejidos por los crímenes con pinchos numerosos y llenos de peno~ sos dolores por los pecados erizados. Era de ver como brillaban de repente las frondas estériles y como resplandecía Dios en medio de las hojas encen­didas movíendose con ímpetu grande y amplio y como no consumía el espi­noso ramaje y como lamía los frutos de color de sangre y las moras cruentas y cómo rozaba los gérmenes vitales del árbol mortífero, y es que las culpas funestas se purgan con la sangre que la retorcida zarza hace brotar entre agudos tormentos. Por tanto, ninguna otra cosa vio Moisés sino lo que había de verse en forma camal: la Luz imagen de Dios, el Verbo-Dios y el Dios­-fuego que llena el pecado espinoso de nuestro cuerpo» (A 55-73).

Como han subrayado varios comentaristas, estamos ante un texto tipológico. La palabra «exemplum» del v. 58 es sinónima de «figura» y de «typos» 5. El episodios de la zarza ardiente aparece en los vv. 55-60 como un «tipo» de la encarnación de Cristo: el fuego representa a la naturaleza divina y la zarza a la naturaleza humana.

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5. Cfr. R. Palia: L’interpretaziones cit, pág. 154 y la obra que cita: K. Smolak: Exegetischer Kommentar zu Prudentius, Apotheosis (Hymnus, Praetatio, Apotheosis, 1-216), diss. dact. Wien 1968, págs. 123-127.


Pero creemos que para Prudencio es tipo también de la pasión de Cristo. Esto se expresa en los vv. 64-70: aquí el poeta se admira de que el fuego no destruya ni las espinas ni el fruto de la zarza y parece jugar con la metáfora de un doble fruto sangriento de la zarza: la mora color sangre y la sangre expiadora de los pecados, que evoca, sin duda, las espinas que la tierra produce como castigo del primer pecado (cfr. Gen 3,18). Teniendo en cuenta que el episodio de la zarza es traído para probar que no es el Padre el que padece, sino el Hijo, parece lógico concluir que todo tiene referencia a la Pasión: la sangre que expía los pecados no es otra sino la de Cristo encarnado; el fruto sangriento de la zarza es Cristo «sujeto a la cruz por las penetran­tes heridas de los clavos» (v. 96); y el leño mortífero que da gérmenes vitales no es otro que el leño de la cruz.6

Aunque no hemos encontrado en la primitiva literatura cristiana otro texto simi­lar alusivo a la zarza de Moisés como figura de la cruz, nos parece que este es sufi­cientemente claro y se ha podido deber a la intuición poética de Prudencio.7

2.2. La señal del cordero pascual (cfr. Ex 12,13)

Otra figura de la pasión de Cristo es la sangre del cordero pascual. La idea de Prudencio es que así como la sangre del cordero sobre las puertas de los israelitas los libró de la plaga de Egipto, así salva a los cristianos la pasión y la sangre de Cristo y su señal en la frente, que es el signo de la cruz:

«Tu, Pascua, dinos, dinos: ¿de quien es la sangre que hace para ti una fiesta tan solemne? ¿Quien es al cabo ese cordero añal que se inmola? ( .. ) ¿No entiendes, (judío) necio, que tu imitas nuestra Pascua y que en los bocetos dibujados de la antigua Ley pintas todo el sacramento que contiene la Pasión verdadera, la Pasión que protege nuestra frente con su sangre y que unge la morada de nuestro cuerpo con la señal en la cabeza, De esta Pasión huye la plaga de Egipto y se alejan las tempestades, esta Pasión deshace el reino funesto del rey de Faros y libera a Abrahán con su raza y pueblo fiel de la densa granizada del poder mundano. El linaje verdadero de Abrahán es aquel cuya cabeza esta enrojecida por esta sangre en la que ha creído y con la que se ha signado» (A 348-365).

En este contexto de interpretación tipológica de la Pasión de Cristo, aunque no se cite expresamente la cruz, parece que nuestro autor alude a ella al mencionar la señal sobre la frente del cristiano, que recoge la costumbre de presignarse. De hecho Prudencio le da mucha importancia a este signo como práctica de la piedad cristiana al acostarse y levantarse y que tiene lo efectos de alejar el poder del demonio simbo­lizado en el «reino funesto del rey de Faros» y en el «poder mundano».8

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6. Vid. infra nota 10, el sentido pregnante del «lignum», que ha descubierto la teología cristiana para aludir a la cruz y la presentación de «Testimonia» en torno a esa palabra. L. Padovese: La cristología cit pág. 82 ve también una alusión a la pasión en esta interpretación prudenciana de la zarza.

7. El episodio de la zarza vuelve a ser citado en C, C, 29ss y en D, VIII, pero sin ninguna mención al tema de la pasión o de la cruz.

8. Cfr. C, 1 29ss; S, ll, 713. La señal de la cruz era tan frecuente entre los primeros cristianos, que Tertu­liano afirma que se desgastaban la frente con su uso (De Corona, 3). S. Ambrosio también menciona la señal de la cruz sobre la frente y el pecho (Isaac, 8, 75). En los «Testimonios» de S. Cipriano se rela­ciona la señal de la cruz en la frente con la marca del cordero (Test. 2,22).

Por lo demás, la interpretación tipológica del cordero pascual la había desarro­llado ya, entre otros, Justino, quien también en este punto parece inspirar a Prudencio.9

2.3. El leño en las aguas de Mará (cfr. Ex 15,25)

De manera más explícita menciona Prudencio el leño de Mará como figura de la cruz. Se trata de una estrofa del Himno 5 para cantar cuando se enciende la lám­para: el fuego evoca al poeta la aparición de Dios a Moisés en la zarza ardiente y le lleva a alabar las acciones de Cristo a través de Moisés que es su «tipo». Después de citar la división del mar Rojo y el milagro del agua brotada de la pena, alude al de las aguas de Mará:

«Un agua semejante a la hiel en espantoso lago gracias al leño se toma como en miel del Atica; es un leño que trueca en los más dulces sabores la amar­gura, porque la esperanza de los hombres florece unida a la cruz» (C 15,93-96).

El leño de Ex 15,25 le rememora al cristiano de Calahorra el leño de la cruz, siguiendo una tradición exegética que había aprendido en la catequesis y en la litur­gia de su comunidad cristiana, cuya referencia primera encontramos en Justino 10 y de la que nos quedan varios testimonios anteriores y contemporáneos a Prudencio.11

La aplicación de la tipología se completa en el efecto que produce la cruz de Cristo: cambia la amargura en dulzura porque hace florecer la esperanza de los hom­bres. Esa esperanza va vinculada a la Muerte y Resurrección de Jesús, es decir, el Misterio que se celebra en la Vigilia Pascual. El tema del «agua» y del «leño» de los textos veterotestamentarios le evocan al poeta cristiano la liturgia bautismal de «esa noche que nosotros pasamos en festivas asambleas con piadoso gozo» (v. 13 7s). Así, a partir del v. 105 comenta la actualización de lo que en otro tiempo ocurrió en figura:

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9. Diálogo con Trifón 40,1-3; vid. M. Fédou, o.c. p. 43. Cfr. también Lactancio, Div. Inst. /V, 26; Agus­tín, De Catechizandis rudibus, XX, 34; Gregorio de Elvira, Tractatus, IX. Sobre otros autores de la época patrística que aplican la tipología cristológica del cordero, vid. J. Daniélou, Bible et Liturgie, París 1951, pp. 220-239; 388-408; V. Loi, La tipología dell`agnello pasquale e l’attesa escatologica in età patristica, en «Salesianum» 33 (1971) pp. 187-204.

10. Dial. 86, 1. Este texto aparece en una antología de «testimonia» sobre figuras de la cruz en leños, árbo­les, varas, etc. del A.T., que Justino elabora o reproduce de modo académico: donde sale un leño hay una llamada de atención para el lector cristiano: el árbol de la vida (Gen 2,8), la vara de Moisés (Ex 4,17), el leño de Mará (Ex 15,25), las varas del empreñamiento (Gen 30,37), el cayado de Jacob (Gen 32,10), la escala de Jacob (Gen 28,12), la vara de Aarón (Núm 17,8), la vara de Jesé (Is, 11,1), el árbol junto a las aguas (Ps 1,3), la palma florecida (Ps 91,13), la encina de Mambré (Gen 18,1), las setenta palmeras de Elim (Ex 15,27), la vara y bastón de David (Ps 22,4), el hacha de Eliseo (2Reg 6,5-7), la vara de Judá (Gen 38,25). Por tanto la interpretación del leño de Mará como figura de la cruz remonta por lo menos hasta Justino y no sólo hasta Orígenes, que dice J. L. Charlet, o.c. p. 128~ Sobre la literatura primitiva de «Testimonia», vid. V. Saxer, La Bible chez les Peres latins du 111 siécie, en J. Fontaine-Ch. Pietri, Le monde latín antique et la Bible, París 1985, pp. 339-369, P. Monat, Les testimonia bibliques, de Cyprien á Lactance, Ibíd. pp. 500-507.

11. Cfr. entre los autores latinos: Tertuliano, Bapt. 9,2; Ambrosio, Myst. 14; Sacr. 2,1213; 4,18; Agustín, Quaest.Ex. 57; Paulino De Nola, Carm. 17,29-32; entre los escritores griegos: Orígenes, Hom. Ex. 7; Gregorio Niseno, Vit. Mos.: PG 44, 365 B Cirilo Alejandrino, Glaph. Ex.: PG 69, 448 B; Teodoreto De Ciro, Quaest. Ex. 26.


Cristo, como nuevo Moisés, introduce a los justos en la patria del cielo tras salvarlos de las aguas turbulentas de este mundo e incluso -esta es la aplicación de nuestro pasaje- por su muerte en cruz mitiga las penas de los condenados en su descenso a los infiernos, es decir, a la laguna Estigia de los poetas. 12

El cuadro 13 del Dittochaeum representa también la escena de Mará. El programa iconográfico que Prudencio concibe o para el que escribe los títulos quiere represen­tar la concordia del Antiguo y del Nuevo Testamento. Por eso selecciona 24 escenas del Antiguo que tienen significado tipológico con respecto al Nuevo.13 El cuadro de Mará viene tras el de la serpiente de bronce que, como veremos, alude a la cruz. Ello nos permite leer también en sentido tipológico la alusión al leño arrojado a las aguas amargas:

«Mientras el pueblo se abrasaba de sed, una laguna de sabor amargo ofrecía aguas horribles donde la hiel se estancaba. El santo Moisés dice: 'Traed un leño y arrojadlo en esa agua. las aguas amargas se trocaran en dulce sabor» (D 49-52).

El hecho de que se haya seleccionado esta escena para decorar una basílica demuestra la popularidad que había adquirido ese pasaje bíblico en la catequesis de los fieles. 14

2.4. Moisés orando con los brazos en cruz (cfr. Ex 17,11-12)

Otra tipología de la cruz es la escena de Moisés orando con los brazos en alto durante la batalla contra Amalec. Prudencio la expresa así:

«El durante la batalla del ejército, extendiendo los brazos a lo alto, vence a Amalec desde la cima, lo cual fue entonces figura de la cruz» (C 12,169-172).

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12. «Los espíritus criminales tienen también periódicamente célebres suspensiones de penas en la Estigia en aquella noche en la que el Dios santo volvió del estanque de Aqueronte al mundo superior. Marchito queda el infierno con sus blandas penas y, libre del fuego, salta de gozo el pueblo de las sombras en la soledad de su prisión; tampoco hierven ya las corrientes de los ríos en el acostumbrado azufre» (C 5,125-136). En la época de Prudencio hay todavía cierta ambigüedad en la formulación del tema de las penas de los condenados y algunos opinaban que el descenso de Cristo a los infiernos era para mitigar sus penas. San Agustín menciona dicha opinión sin condenarla expresamente (Enchir. 12): Cfr. 1. Rodríguez, Obras completas de Aurelio Prudencio, Madrid 1981, p. 68, nota 125. Para Ireneo el descenso de Cristo a los infiernos significa la salvación de los justos del A.T. y de los peca­dores que tienen fe en Cristo: vid. A. Orbe, Introducción cit. pp. 822-850. Sobre la interpretación patrística de este hecho, vid. L. Schmidt, Der Descensus ad inferos in deralten Kirche, TU 43, Leipzig 1919, pp. 453-576; A. Grillmeier, DerGottessohn im Totenreich, en ZKTh 71 (1949) pp. 1-53; 184-203.

13. Sobre el sentido del Dittochaeum, vid. J. L. Charlet, o.c. p. 144s; los estudios más recientes se incli­nan a que estos versos prudencianos no estaban destinados a servir de leyendas a pinturas ya existen­tes, sino a sugerir a un eventual artista motivos de decoración: vid. G. Mannelli, La personalità prudenziana nel'Dittochaeon, en «Miscellanea di Studi di Letteratura Cristiana antica» 1 (1947) 82-113; N. Grasso, Prudenzio e la Biblia, en «Orpheus» 19 (1972) pp. 121-128.

14. De hecho en la basílica de Santa María la Mayor de Roma, construida y decorada en la primera mitad del siglo V, la serie de mosaicos dedicados al ciclo de Moisés tiene también la escena de Mará. Sobre las ilustraciones bíblicas de las basílicas primitivas y su función catequética, vid. F. Monfrin, La Bible dans Viconographie chrétienne d'Occident, en 1. Fontaine-Ch. Pietri, Le monde cit. esp. pp. 229-239.


Esta estrofa pertenece al himno de Epifanía, donde el poeta recuerda la matanza de los inocentes y como el Niño Jesús se salvó de modo similar a como se había salvado el Niño Moisés, lo cual le evoca un conjunto de episodios en que Moisés se presenta como tipo de Jesús por el parecido de sus actuaciones, siguiendo una tradición catequética muy generalizada en la primitiva Iglesia.15

Por lo que hace a la escena de Moisés orando, la interpretación tipológica refe­rida a la cruz de Cristo es también antigua y fue muy popularizada. Es muy probable que Prudencio la conozca por la catequesis y la homilética, aunque también la haya podido leer en autores que son fuente de inspiración de su obra literaria. De hecho conservamos abundantes testimonios de esta tipología, que se remonta a la primera mitad del s. ll, con la carta de Bernabé y que pervive en la época de Prudencio, tanto entre los autores griegos como entre los latinos. 16

Son varios los detalles que facilitan la tipología: estar en la cima del monte, como en el Calvario; la victoria sobre Amalec, como efecto de la cruz victoriosa de Cristo sobre el poder del demonio; y sobre todo los brazos en alto, haciendo la figura de la cruz, tal como se acostumbra a orar entre los cristianos imitando la cruz de Cristo.

2.5. la vara florecida de Aarón (cfr. Núm 17,23)

Otra figura de la cruz es la vara de Aarón que retoñó, floreció y echó almen­dras. He aquí como Prudencio describe a la cruz como cetro de Cristo:

«El cetro que en su mano empuña esta Soberana (la Sabiduría) no está acica­lado con hábil destreza, sino que es vivo vástago de verde madero, que, cor­tado del tronco, aunque no lo nutre savia alguna del terreno césped, verdea, sin embargo con perenne hoja y entremezcla en sus rosas teñidas de sangre las enlazadas blancas azucenas, cuya flor nunca se marchita. Figura de este cetro fue aquel otro que Aarón llevaba, que, echando brotes de su corteza seca, desplego una tierna galanura con pujante esperanza y la seca vara se hinchó de repente con recientes frutos» (Ps 878-887).

Aunque el poeta no menciona explícitamente la cruz, todo parece confirmar que piensa en ella: llama Sabiduría a Cristo, como lo hace en otros lugares 17 y lo repre­senta con la cruz como cetro, un madero seco pero florecido por su sangre reden-

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15. El personaje de Moisés como tipo de Jesús, según Prudencio, lo han estudiado R. Palia, L’interpreta­zione cit. pp. 145-156; L. Padovese, La cristología cit. pp. 79-83. Se trata de una tipología tradicional, con profusión de testimonios en la literatura patrística: cfr. J. Daniélou: Sacramentum Futuri. Études sur les origines de la typologie biblique, París 1950, pp. 131-200.

16. Cfr. Carta de Ps.Bemabé, 12,2, Odas de Salomón, 8,250-253; Justino, Dial. 90; 91; 97; 111; 112; 113; Ireneo, Adv. Haer. IV, 24, 1; IV, 33,1; Orígenes, Hom. 1 Reg. 1,9; Hom. Ex. 11,4; Gregorio Niseno, Vit.Mos. (PG, 44,372 Q Teodoreto De Ciro Quaest. Ex. 34; Tertuliano, Ady. ]ud. 10, 10; Adv. Marc. 111, 18,6; Cipriano, Fort. 8; Test. 2,21. Vid. J. 1. Charlet, o.c. p. 144. Sobre la relación entre Moisés y Cristo y la forma de orar de los primeros cristianos, vid. V. Saxer, «ll étendit les mains á Pheure de sa Passion». Le théme de I'orantlte dans la littérature chrétienne des lle. et file. siécies, en «Augusti­nianum» 20 (1980) pp. 335-365.

17. A 2; H 164; 345.


tora y lleno de frutos de salvación. Esta significación tipológica se encuentra ya en Justino y en Orígenes y no es infrecuente en la época de Prudencio.18

Incluso parece que tiene el mismo sentido el otro pasaje en que el calagurritano alude a Núm. 17,23: «por la vara del cetro verdeciendo, ocupa la cúspide del mundo» (C 12,51-52), versos con los que aplica a Cristo la vara de Aarón como cetro del que es rey de las naciones, al que vienen a adorar los magos. Si el cetro de Cristo (cfr. cetro de la Sabiduría) es su cruz, se entiende mas plenamente que, al subir por esa vara la flor reverdecida, que es Cristo, alcance la cúspide del mundo, según su pre­dicción: «cuando yo sea levantado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí» Un 12,32; cfr. Filip 2,8-9).

2.6. El mástil de la serpiente de bronce (cfr. Núm 21,8-9)

Esta figura aparece ya germinalmente en Jn 3,14 y sera una de las privilegiadas por la tradición. también Prudencio es testigo de ello en estos versos del Dittochaeum, que sugieren al eventual pintor o creador de mosaicos un tema veterotestamentario tipológico:

«El árido camino del desierto hervía de negras serpientes y sus mordeduras envenenadas destruían al pueblo con cárdenas heridas; pero el sabio guía colgó de una cruz una serpiente de bronce pulido que calmara la ponzoña» (D 45-48).

Los condensados versos no están pensados tanto para explicar cuanto para suge­rir. Al cristiano que los pudiera leer o cuya representación viera, le evocaban el con­tenido teológico trasmitido por la tradición catequética y homilética que los teólogos -se habían encargado de desarrollar: la antigua herida de la serpiente (el diablo) pro­ducida en el árbol del paraíso se cura con Cristo levantado en el árbol de la cruz, que es el antitipo de la serpiente levantada en el mástil («signo»), figura del signo por excelencia que es la cruz.19 lo mas destacable en el título de Prudencio es la espon­taneidad con que sustituye el «signo» por la «cruz», lo que demuestra que era una tipología de posesión pacífica.

2.7. El paño de purpura de Raab (cfr. Jos 2,18)

El título 16 del Dittochaeum insinúa la tiplogía del cordón rojo de Raab aplicada a la sangre redentora de Cristo:

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18. Vid. Justino, Dial. 86,4; Orígenes, Hom, Núm. IX,7; también el poema Ady. Marcionem, IV, 117, fal­samente atribuido a Tertuliano, que parece ser contemporáneo de Prudencio y de su mismo ámbito cultural. R. Palia, o.c. también considera muy probable la referencia del pasaje prudenciano que esta­mos comentando a la cruz de Cristo; lo mismo otros estudios que cita: I. Cotogni, Sovrapposizione di visioni e di allegorie nella Psychomachia di Prudenzio, en «Rendiconti della Reale Accademia Nazio­nale del Lincei», serie sesta, 12 (1936) pp. 441-461; esp. p. 458; Chr. Gnilka, Studien zur Psychoma­chie des Prudenflus, Wiesbaden 1963, p. 123; P. F. Beatrice, Llallegoria nella Psychomachia di Prudenzio, en «Riv. di Scienze reNgiose» 18 (1971) pp. 53-63.

19. Vid. por ejemplo, Carta Ps. Bernabé, 12,5-7; Justino, Dial. 91,1; 94,1-4; Ireneo, Ady. Haer. IV,2,7; 24,1, Tertuliano, Ady. ]ud. 10,10; Ady. Marc. 111,18,7; Idol. 5,4; Cipriano, Ad Quirinum, 2,20-22; Clemente De Alejandría, Stromata, VI, 11-84.


«Cayo Jericó, sola queda en pie la casa de Raab. La meretriz que dio hospi­talidad a los santos (tan grande es la fuerza de la fe), segura en su casa a salvo, presenta a los fuegos del enemigo un precioso paño de purpura en señal de la sangre» (D 61-64).

El planteamiento general de estos títulos iconográficos invita a descifrar la signifi­cación tipológica del episodio: el color rojo del paño que salva la casa es signo no solo para los soldados, sino también para los creyentes, porque evoca la sangre reden­tora de Cristo, a la que aquí Prudencio alude directamente. Esa sangre trae la salva­ción a la casa de todos los creyentes, o sea, la Iglesia.

Por lo demás, el calagurritano así no hace sino referirse a una de las figuras tradi­cionales de la pasión salvadora de Cristo, que está ya en germen en el nuevo Testa­mento (cfr. Hebr 11,31; Sant 2,25) y que había sido desarrollada por Clemente de Roma, enriquecida de significado por autores como Justino, Ireneo y Orígenes y popu­larizada en las catequesis cristianas .20

2.8. El cuerno de la unción de David (cfr. 1 Sam 16,13)

Es ésta una figura de la cruz curiosa y de la que no tenemos otro testigo que Pru­dencio. Esta en el título 20 de su programa iconográfico, que se refiere al reino de David. Su aplicación tipológica es bastante clara:

«Brillan las insignias reales del pacífico David, el cetro, el aceite, el cuerno, la diadema, la purpura y el ara. Todas convienen a Cristo: la clámide, la corona, el cetro del poder, el cuerno de la cruz, el altar y el olivo» (D 77-80).

Según estos versos, el antitipo del Rey David es Cristo, que en su Pasión recibió la insignias reales. Por lo que hace en concreto al tema de la cruz, la prefiguración la sitúa en el cuerno que contenía el aceite con el que David fue ungido rey por Samuel. Significa, por tanto, que para nuestro poeta la cruz es el instrumento por el que Cristo es constituido Rey, tema de rico sentido teológico que hunde sus raíces en la tradi­ción cristiana de la que bebe Prudencio, empalmando con la idea joánica de la rea­leza de Cristo en la cruz .21

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20. Cfr. Clemente Romano, 1 Clem. 12,7-8; Justino, Dial. 111,4; Ireneo, Adv. Haer. IV,20,12; Orígenes, Hom. los. 111,5; Hom, Lev. 8,10; Hilario De Poitiers, De Myst. 11,9-10; Ambrosio, Ev. Luc. 111, 23; De Fide V,X,1 28; Paulino De Nola, Carm. XXV1,143-149; Agustín, Enarratio in Ps. 86,6; Contra Faustum, X11,31. Sobre la interpretación tipológica de Raab en la patrística, vid. 3. Daniélou, Sacramentum Futuri cit. pp. 217-230; F., Langlamet, Rahab, en DBS, esp. col. 1079-1084. La escena de Raab es también una de las que figura en los mosaicos del s. V de Santa María la Mayor de Roma, cuyo programa iconográfico tiene bastantes parecidos con los «Títulos» de Prudencio.

21. En la tradición esta más desarrollada la unción de Cristo como Sumo Sacerdote en el Bautismo y que ejerce su acto culturaJÍ supremo en la cruz, según la Carta a los Hebreos: vid. A. Orbe, Introducción cit. pp. 769-792; Id. La unción del Verbo, Roma 1961, pp. 629-656. Sin embargo el tema de Cristo, Rey victorioso en la cruz, es muy frecuente: vid. por ejemplo, sobre Orígenes: J. A. Alcain, Cautiverio y Redención del hombre en Orígenes, Bilbao 1973, esp. pp. 201-224; R. Trevijano, En lucha contra las potestades. Exégesis primitiva de Ef. 6,11-27 hasta Orígenes, Vitoria 1968, esp. pp. 258-284.


No aparece del todo clara la analogía entre el cuerno y la cruz que sugiera la base para la tipología. Quizá se haya de buscar en la semejanza a «leño» que tiene el cuerno o, más bien, pueda haber en el fondo una influencia del texto en que San Justino y posteriormente Tertuliano interpretan las palabras de la bendición de ]osé: «sus cuernos son los cuernos del unicornio» (Deut 33,17): según ellos en este texto hay una prefiguración de la cruz hecha por una palo vertical que sale en forma de cuerno (unicornio) y los dos extremos salientes horizontales, que también tienen la forma de cuernos, además del apoyo para el crucificado en medio, que es también como un cuerno saliente.22 En cualquier caso, la aplicación de Prudencio no va tanto en la línea del poder de los cuernos que cornean, cuanto del cuerno portador del aceite de la unción, con el que Jesús es ungido Rey, es decir, constituido en «Cristo» por su cruz. De nuevo estamos más ante una sugerencia que ante una explicación. 23

2.9. El leño de Eliseo en el Jordán (cfr. 2Reg 6,5-7)

El título 22 del Dittochaeum recoge una escena cuyo significado tipológico podría pasar desapercibido, si no fuera por encontrarlo claramente en la tradición catequé­tica que conoce Prudencio. Dice así:

«Mientras los hijos de los profetas cortan un día maderos a la orilla del río, se le escapó a uno de ellos el hacha y cayo. El hierro se sumergió en el agua; mas pronto un leve leño lanzado a las ondas hace volver el hierro» (D 85-88).

De nuevo la palabra «leño» invita a recordar el «leño» de la cruz. Este pasaje bíblico es uno de los que se recogen en los «Testimonia» clásicos de la cruz. Su primer repre­sentante es Justino, que lo interpreta así: «a nosotros, bañados como estábamos por las gravísimas faltas cometidas, nos redimió nuestro Cristo al ser crucificado en el madero ypurificamos por elagua». Ireneo profundizará en su sentido teológico: «Decla­raba así por una acción el profeta como el Verbo firme de Dios, que por negligencia perdimos por un leño y no acabábamos de hallar, lo recobraríamos por la economía del leño ... ». Pero será Tertuliano quien dé la explicación catequética más popular y clara: «!Qué cosa más manifiesta que el signo de este leño! pues la dureza de este mundo inmersa en lo profundo del error es librada en el bautismo por el leño de Cristo, es decir, por su Pasión, de forma que lo que en otro tiempo pereció por el leño de Adan, fuera restituido por el leño de Cristo» .24

Estas son, sin duda, las ideas teológicas que respira Prudencio y que deja traslu­cir en sus versos de tema tipológico.

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22 Justino, Dial. 91,2; vid. M. Fédou, o. c., p. 40. Explicación parecida dependiente de Justino trae Ter­tuliano en Adv. Marc. 111,18,24 y Adv. Jud. 10,7-8. También Dídimo el Ciego testifica que, según algunos intérpretes, «los cuernos del unicornio» de Ps 22,22 significan la cruz: Expositio in Ps. 22,22.

23. Quizás a los cristianos de la época de Prudencio les resultaba más cercana que a nosotros la relación entre el cuerno de la unción y la cruz de Cristo. Según un documento contemporáneo -el «ltinerario de la Virgen Egeria- el día de Viernes Santo en la iglesia del Gólgota, en Jerusalén, se mostraban al pueblo y se daban a besar en primer lugar el leño de la cruz y el título, que se guardaban en un relicario de plata dorada, y después «el anillo de Salomón y el cuerno aquel con cuyo aceite eran ungidos los reyes» (ltinerarium, 37,3). Ello sugiere el trasfondo de una catequesis que vinculaba la cruz con la realeza de Cristo.

24. Justino, Dial. 86,5; Ireneo, Adv. Haer. V,4,75-101; Tertuliano, Adv. ]ud. 13,17-19; Ambrosio, Sacram. 11,11. Cfr. la documentada explicación de A. Orbe, Teología de San Ireneo cit. pp. 168-194; también J. Doignon, Le salut par le fer et le bois chez saint Irénée, en RSR 43 (1955) pp. 535-545.

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